19 feb. 2006

Como ganar respeto y adherentes

“Monseñor Adolfo Uriona fue cruel, nos descartó”
Por Juan Federico l De nuestra Redacción.
jfederico@lavozdelinterior.com.ar

El matrimonio de María Cristina Tello (50) y Rodolfo Ávila (53) estaba comprometido desde hacía más de 20 años con la obra de la congregación Don Orione en Córdoba. Ella era catequista, le habían otorgado un poder especial para realizar gestiones en nombre de la congregación e incluso la iban a nombrar oblata. Esta es una categoría especial dentro de la institución que permite consagrar a un laico.

Mientras tanto, Rodolfo se ocupaba de la edificación de una nueva capilla. Además, sus hijos formaban parte del coro de la iglesia ubicada al lado del Cottolengo.

Uno de ellos, concurría al instituto privado Don Orione. Allí, la mañana del 10 de julio de 1998, sufrió un accidente que torció la confianza de esta familia para siempre.

“Él estaba jugando en el patio de la escuela, cuando se cayó en el lugar donde estaban construyendo una cantina. Sufrió un serio accidente que afectó su rostro, ya que tuvo un severo traumatismo cráneo facial que le generó problemas cardiovasculares”, relata Cristina. “A partir de ese momento cambiaron nuestras vidas, nos humillaron y calumniaron”, enfatiza la mujer.

El pequeño, que en aquella oportunidad tenía 8 años, debió ser intervenido quirúrgicamente en varias oportunidades y los médicos esperan que cumpla 18 años para poder operarlo una vez más.

Los costos que acarrearon las operaciones y tratamientos a los que se debió someter el niño obligó a la familia a ir a pedir ayuda a la congregación a la cual tanto esfuerzo le dedicaban. Pero nadie quiso hacerse cargo. “No se hicieron responsables de nada, ni siquiera el seguro”, interviene Rodolfo.

“Quedamos desconcertados, docentes y autoridades nos cerraron las puertas, decían que no podían hacer nada ya que tenían órdenes de superiores”, rememora Cristina.

Y mientras las puertas de la congregación se le cerraban para silenciar lo que ella consideraba incomprensible, la mamá se negaba a creer que tanta entrega era borrada de un momento a otro.

Quien estaba a cargo de la congregación era el padre Adolfo Uriona, ya que lo habían nombrado “Provincial” (máxima autoridad) de la orden en Argentina, Paraguay y México.

Uriona, que en la actualidad es el obispo de la ciudad santiagueña de Añatuya, fue denunciado por una joven de 24 años, el jueves 2 de este mes. La mujer dijo que ese día el cura la manoseó mientras viajaban en un colectivo desde Mendoza a la ciudad de Córdoba.

“Quiero declarar mi total inocencia frente a lo que se me ha imputado... y le doy gracias (a Dios) porque me ha considerado digno de ser partícipe de sus sufrimientos”, se defendió el obispo en una carta pública que dirigió a todas las personas de “buena voluntad”.

La Voz del Interior intentó comunicarse con los representantes del instituto Don Orione, para conocer su versión de lo ocurrido con el hijo de Cristina, pero desde allí contestaron que no conocían del tema y que las personas que podrían llegar a “saber algo” no se encontraban en la ciudad.

Personas descartables

Tres meses después del accidente, el matrimonio estuvo presente cuando abrió sus puertas por primera vez la capilla en cuya construcción tanto contribuyeron.

En una ocasión, mientras se celebraba un nuevo aniversario de la inauguración del templo, Cristina le comunicó sus padecimientos a monseñor Carlos Ñáñez. Pero éste le respondió que no podía hacer nada porque Don Orione es una congregación independiente que no recibe órdenes del Arzobispado.

Pero, a pesar de las negativas que encontraba a diario, la mamá no se resignaba a pensar que “su” congregación le daba la espalda.

Hasta que en marzo de 1999, la mujer tuvo la oportunidad de entrevistarse con Uriona. “Le conté lo sucedido llorando, pero él ya esta al tanto de todo y me dijo que la congregación no se iba a hacer responsable porque se trataba de un caso caro y grave”, relata Cristina, sin dejar de emocionarse al recordar la frialdad con que el cura la trató. Y a la par, el hoy obispo la “invitó” a que presente una demanda judicial.

Esta última frase terminó por desconcertar al matrimonio. “Es como hacerle juicio a la madre de uno, no lo podíamos creer”, compara Rodolfo.

A otra iglesia

“Dejamos de ser personas gratas. Uriona fue cruel, nos descartó. Nos dijo que nos vayamos a otra iglesia”, cuenta con bronca, indignación y tristeza Cristina.

“No intentó llegar a ningún acuerdo, sólo le pedíamos que paguen el tratamiento”, explican. A raíz de lo costos de la internación, la familia tuvo que desprenderse de muchos bienes, entre ellos un automóvil, para poder solventar los gastos.

Pero como Uriona y, por ende la congregación Don Orione, se mostró inflexible, 10 días antes de que la causa prescribiera, los Ávila presentaron una demanda civil.

“Muchos nos cuestionan, dicen que hacemos todo por dinero”, cuentan, pero aclaran que en todo momento quisieron acordar en buenos términos. Y para demostrar que lejos de ellos está el sentimiento de venganza, el matrimonio desestimó realizar una denuncia penal.

A todo esto, pese a lo ocurrido, el pequeño insistía con seguir estudiando en el instituto, hasta que un día le “aconsejaron” a su mamá que lo inscriba en otro colegio. “Hemos sufrido mucho por lo que pasó, él sufre todavía ya que le inculcaron que todo era por su culpa”, expresa el papá.

Es así que, a partir de lo que tuvieron que vivir, las desilusiones acumuladas, y comprobar, según ellos, que muchos curas no realizan lo que predican desde el altar, Rodolfo sintetiza de manera irónica y en una frase: “Gracias a Dios, ahora soy ateo”.

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Amo la vida en todas sus formas y las respeto; intento hacer docencia para la decencia porque me toca conocer muchos delincuentes en la función pública, y gente honesta que hace rendir un día como si tuviera 30 horas.

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